martes, 12 de noviembre de 2013

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lunes, 1 de abril de 2013

El tarro de leche

Cuando pasaba por la calle siempre me encontraba con dos hermanitos, uno mayor y otro el pequeño, un tanto  desgreñados, pillos con una sonrisita de conejo, vivarachos, jugadores de fútbol de pelota de trapo, desmandado, pero siempre sonriendo, alegres.
Eran tiempos de guerra. La ciudad estaba, en algunas partes, en ruinas. Estaban  cerradas las escuelas. Escombros y suciedad por el suelo, amontonada la basura, humeante, aún, los edificios destruidos por los bombardeos de los aviones enemigos.. Los varones de 40 años debían alistarse para ser destacados al campo de batalla. La cancha de fútbol de la escuela parecía un  paisaje lunar. De pronto sonó la sirena avisando la proximidad de aviones  a punto de lanzar us bombas mortíferas. Había que correr hacia las zanjas profudas del campo y, sacar del bolsillo, un pedazo de madera, sujetarlo con los dientes, y dejarse caer dentro de ellas. De no ser así, la onda expansiva de los artefactos podrían romperte los tímpanos. Caos, espanto, terror. Pasado el bombardeo la sirena anunciaba que el peligro había desaparecido. Episodios de de terror, de sobresalto, de  Tiempos, de miseria, de temor, sobresaltos…y hambre, mucha hambre  que corroía el estómago  gritando por la boca del estómago un mendrugo de pan. No había nada. Los niños iban a buscar en los basurales buscando algo con que “matar” (nunca mejor dicho) el hambre.

Los dos hermanitos, como otros niños, rebuscaban entre los desperdicios y bolsas de la basura por si encontraban algo que comer.  En eso, encontraron casualmente un tarro de leche intacto. No estaba vacío. Tenía leche. Saltaron de alegría ante el hallazgo, corrieron detrás de unos matorrales y sentados abriendo la lata con una piedra esperaban disfrutar de la leche cremosa. –Hermanito, le dijo el mayor  a su hermano pequeño, vamos por partes. Tu tomas un sorbo de la leche  ¡sólo un sorbo! Y me pasas el tarro y yo haré otra tanto. Y así uno yo, uno tú, uno yo, uno a ti hasta que el tarro quedó vacío. El pequeño se relamía los labios satisfecho y su hermano le decía: ¡Qué bien! ¡Hemos bebido leche!. Se abrazaron felices…el pequeño nunca se dio cuenta que su hermano mayor simulaba tomar la leche pero no probó ni una gota. Lo que hacía era cerrar la boca, Cerraba la boca simulando que bebía y relamiéndose los labios después, dejando el tarro de leche toda para su hermanito. Se levantaron y abrazados se fueron alejando uno con el estómago satisfecho y el otro lleno de amor y aprecio a su hermano. Dios, desde el cielo sonreiría la acción maravillosa y escondida del hermano mayor y ángeles bailarían  de puro contento. Así es el amor: darse en obras de cariño.

lunes, 18 de febrero de 2013


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El buen humor
 Esteban Puig T
 

En mi serie de artículos: IMAGEN Y PARÁBOLA, -mis apreciados y recordados amigos-, he intentado describir, en forma anecdótica y un tanto ocurrente, una variedad de sucesos de la vida cotidiana. Han desfilado: plantas, flores, animales, hechos e historietas significativas para aprender y reflexionar sus consecuencias. Pondré algunas anécdotas para que disfruten y sonrían. Sonreír es una cualidad fantástica y hermosa del ser humano. La primera cosa que un niño recién nacido hace es sonreír que es la manera de relacionarse con un ser humano que también le sonríe porque le ama y así él se siente amado. El mundo entero es una sonrisa bella y amable de Dios porque Dios es alegría. Ante un problema difícil o un suceso incómodo: sonríe. Ante una persona cargante: sonríe; ante un acontecimiento molesto y punzante: sonríe; ante tus eventuales fracasos y desvaríos: sonríe. Cuentan de un herido que llevaba un puñal clavado en la espalda que al preguntarle el médico si le dolía, contesto: “Si, pero sólo cuando me río”.  De ahí les envío unas anécdotas históricas de gente conocida para aprender de ellos a tomarse las cosas absurdas o disparatadas con humor. El humor brota del contraste entre lo que se ve  con lo que realmente debe ser. La inteligencia, el corazón, la realidad y la comprensión del contraste hacen que brote el humor como lenitivo ante contrario y absurdo del suceso o del dicho. Ahí van dos ejemplos, mis buenos amigos, para que disfruten. Y sonrían. El día que no arranquemos una sonrisa a los que nos rodean, es un día perdido.
Winston Churchill (1874-1965) político británico. En pleno congreso habló con palabras duras y electrizantes contra algunas opiniones de los políticos ingleses. Una señora, enfurecida por lo que Churchill había dicho, le espetó: “Si yo fuera su esposa tomaría veneno” a lo que respondió de inmediato Churchill flemático: “Pues si yo fuera su esposo me lo tomaría con gusto”.
En otra ocasión, el director de un College decía a los alumnos que tuvieran a mano un cuaderno y lapicero listos pues llegaría Mister Churchill a darles una conferencia interesante por lo que convendría recoger todas sus ideas y conceptos. Llegó el día. Entró decidido Sir Winston Churchill, subió al estrado, miró fijamente a los estudiantes y exclamó: “No retroceder nunca, no rendirse jamás, never, never, never”. No dijo nada más. Y se fue a la calle, dejándoles perplejos.

Otro gran humorista, político, humanista, católico y escritor (famoso por “Utopía”(1516), Sir Tomás Moro (1478-1535). Llegó a ser Gran Canciller. Se enfrentó con el Rey Enrique VIII. Fue sentenciado a ser decapitado por no prestar juramento al Rey que intentó anular su matrimonio con Catalina de Aragón y casarse con la “querida” Ana Bolena y por no aceptar, como buen católico, el Acta de Supremacía que declaraba al Rey cabeza de la nueva Iglesia separándose de la Iglesia Católica de Roma. Cuando lo llevaban al cadalso levantado en la plaza, dijo al verdugo: ¿“Podría ayudarme a subir”? Por qué para bajar ya sabré valerme por mi mismo”. Al colocar la cabeza para recibir el golpe del hacha en el cuello, la barba había quedado enredada en la picota. “Mi barba –le dijo al verdugo- ha crecido en la cárcel, es decir, ella no ha sido desobediente ante el Rey. Por tanto, no hay por qué cortarla. Permítame que la aparte”. Y la cabeza rodó con la barba impoluta, entera. 

jueves, 3 de enero de 2013

El bastón del caminante

El bastón del caminante

 Al atardecer, cuando el sol al caer detrás de las montañas, pinta todavía las nubes de colores violáceos, rojos y blancos, caminaba presuroso un hombre ayudándose de un bastón. Le esperaba su familia. Pronto el cielo se oscureció y la tierra quedó oscura y negra como boca de lobo. No se veía nada. Esto le preocupaba. Se echaba la culpa por haber salido tarde y no traer una linterna de mano.

Apuraba el paso con firmeza y con el bastón se apoyaba en las piedras y asperezas fragosas del camino que estrecho y supino zigzagueaba por la ladera del cerro. Faltaba un buen trecho: subir hasta la cumbre, caminar por la puna y, finalmente, descender hacia el valle donde estaba su casa y su familia. Con el bastón palpaba los escollos, depresiones y piedras del estrecho y casi oscuro sendero. Cuando casi llegaba a la cima, al dar un paso y palpar con el bastón el terreno… ¡no tocaba suelo! Se quedó paralizado, estático, inmóvil, tembloroso, lleno de miedo. Lentamente intentó palpar por donde conducía el sendero. Apaciblemente palpó a su lado izquierdo…nada. A su derecha…nada. Detrás… nada, ¡Nada!, ¡NADA!. ¡Dios santo, ¡Nooooo! Al dar el paso adelante y al no encontrar camino ¡me he subido sobre una roca con un precipicio alrededor! Le vino un escalofrío de terror: El miedo lo tenía atenazado. Estaba en un gran peligro. Un sudor frío recorrió su cuerpo…empezaron a flaquearle las piernas… temblaban sus manos… Se sentó en cuclillas, aterrado. Esperaría ahí, sentado, hecho un ovillo, sin dormirse, hasta que amaneciera. ¡Oh Dios, oh Dios!, exclamó entre sollozos. Pasó la noche temblando de frío, con angustia, esforzándose en no dormirse. Se le cerraban los párpados… le vencía el sueño…la cabeza se caía desplomaba con tenues y repetidas sacudidas…  La noche fue larga, espantosa y fría. Cuando asomaron las primeras luces del amanecer y Venus, la estrella matutina, titilaba en el cielo grisáceo miró a su alrededor anhelante. ¿Qué? Pero, ¿qué pasaba? ¿Dónde se encontraba? No había ningún precipicio alrededor. Todo era plano y el camino se le ofrecía sonriente, abierto y seguro. Se levantó aún entumecido. En el suelo estaba el bastón roto en dos pedazos. ¡Como iba a tocar suelo si estaba roto por la mitad! 
¿Y la parábola? La fe no es un estorbo ni noche oscura. La fe es el bastón, la verdad en la que nos apoyamos para seguir por el camino recto, firme y seguro hacia la verdad, la luz, la belleza y el amor. Sin fe, -quebrado nuestro espíritu- no hay camino. Las tinieblas nos rodearán por todas partes. Y pueda que nos despeñemos. ¿De acuerdo?

lunes, 15 de octubre de 2012

En carretilla sobre el Niágara


IMAGEN Y PARABOLA

En  carretilla sobre el Niágara
Esteban Puig T

La noticia conmocionó a todo el Pueblo. Un acróbata caminaría sobre un cable tendido sobre las cataratas del Niágara. El día señalado, a ambos lados de la catarata, se había reunido una multitud de personas ansiosas de ver cómo  cruzaría de un lado al otro, sobre un simple cable.  Salió el acróbata ante un silencio profundo de la multitud, sólo roto por el estruendo y fragor de las aguas que, en caída libre, en gigantescas cascadas blancas, retumbaban con ruido de mil  truenos. El acróbata con la pértiga en las manos, subió sobre el cable tendido de un lado a otro sobre las cataratas. Comenzó a caminar. Avanzando con la pértiga manteniéndose en precario equilibrio. La gente tenía  un nudo en la garganta con una expectativa próximo al grito si es que se caía. Fue avanzando con paso lento y medido.  Se paraba de cuando en cuando. Los vientos mecían el cable peligrosamente. Anduvo un poco más… y un grito de sorpresa y admiración se escapó de todas las gargantas cuando  el acróbata salto del cable la roca del otro lado. Los aplausos no paraban. Levantó la mano y pidió silencio. Con un altavoz preguntó: -¿Han visto Uds. cómo he cruzado limpiamente de un lado al otro con la pértiga de apoyo?. Pues ahora volveré a pasar al otro lado sin la pértiga. Traspasó al otro lado sólo con el equilibrio de los brazos en cruz. El público prorrumpió en estruendosos aplausos. . Volvió a pregunta: -¿Han visto cómo he pasado por encima de la catarata sin pértiga y sólo con las manos? -¡¡S!!, resonó   por  el aire el grito estentóreo de la multitud.. –Pues para que vean mis aptitudes y cualidades  voy a cruzarlo con una carretilla llena de ladrillos. Dicho y hecho. La gente no se lo creía. .¿Pasará por el cable con una carretilla llena de ladrillos? ¡Inverosímil!. Pues si…y así llegó al otro lado sin dificultad. La gente gritaba y aplaudía ante tal proeza. Levantó la mano y un gran silencio se hizo. Tomó el  megáfono en sus manos. Miró a la multitud y les dijo: -¿Han visto que paso una y otra vez atravesando la catarata con pértiga, sin ella y con la carretilla con ladrillos? ¿Han visto cómo cruzo de un lado a otro con seguridad y sin caerme? ¿Tiene confianza en mí que volvería a pasar con contratiempos ni caídas?   -¡¡Si!! coreaba la muchedumbre como enloquecida. -Bien. Si tienen confianza en mi…¿alguien de Uds. quiere subir a la carretilla?. Silencio. Nadie contestaba. -Pero, ¿no decían que era capaz de pasar por el cable una y otra vez sin peligro y total seguridad? Pues, repito, ¿alguien quiere subir a la carretilla? Nada. 

Del dicho al hecho va un trecho. Una cosa es decir si y otra decir no. De la voluntad a la acción el camino es muy largo y nunca se quiere andarlo. Si, si pero… cuando en la vida hay dolores que nos aplastan como  entre dos planchas de plomo o nos desmoronan con una enfermedad terminal  o un suceso desesperante y lacerante, resuena en nuestra conciencia la voz de Dios sí, de Dios no de un fantasma que nos dice: -“¡Sube a la carretilla, no tengas miedo. Confía en mi”, pueda que nos metamos las manos en los bolsillos, silbando, siguiendo caminando risueños e indiferentes diciendo:“Es que yo…” Bueno si, pero…” “Ya, pero…” ¡Ya está!. La evasiva, sonsa, displicente, atolondrada, comodona de siempre. ¡Falta decisión y carácter! ¡Amor!.que es el motor de todas las actividades nobles y sanas.



lunes, 27 de agosto de 2012

La Virgen María “cruzó la meta” y ganó el oro en Londres 2012


Foto: Streeter Lecka/Getty Images Sport/Getty Images

LONDRES, 10 Ago. 12 / 04:57 p.m. (AC/EWTN Noticias) La atleta etíope Meseret Defar protagonizó uno de los momentos más emotivos de las Olimpíadas de Londres 2012 cuando al cruzar la meta en la final femenina de los 5.000 metros planos y hacerse de la medalla de oro, sacó de su pecho una imagen de la Virgen María, la mostró a las cámaras y se la puso en el rostro en un momento de intensa oración”
Los espectadores del estadio y los millones de televidentes nos quedamos en suspenso y expectativa cuando la atleta, llorosa, mostró a todo el mundo la estampa de la Virgen con el Niño Jesús en brazos. Primero fue sorpresa. Seguidamente nos pusimos  a aplaudir y a saltar con alegría y frenesí. La Virgen María “cruzó la meta” con la atleta que ganó el oro en Londres 2012.
Meserer Defar, cristiana ortodoxa, quiso ofrecerle a la Virgen María el logro máximo en la carrera de atletismo. Comenzó la carrera con una señal de la cruz. Y lo logró en 15:04:25.  Porque creía y amaba, pues la entrega, el desprendimiento, el esfuerzo a la hora de conseguir los ideales hacen brotar  los ríos frescos de vida y vigor, pues para una nueva fecundidad, y conseguir un premio de oro al esfuerzo, el arrojo, la energía es necesario estar llenos de alegría de la fe, de la convicción; de la radicalidad de la obediencia, del esfuerzo, del trabajo; del dinamismo de la esperanza que impulsa hacia metas bien claras y definidas y de la fuerza del amor. Así se alcanza la felicidad.
Pero no fue un acto aislado, escueto, ocasional. Meseret Defar es una atleta cuajada, maravillosa. Ha sido subcampeona en el Mundial de atletismo de Helsinki 2005. Fue, también, dos veces campeona mundial de 3.000 metros bajo techo. En las Olimpiadas de Atenas 2004 ganó la medalla de oro en los 5000 metros y en Beijing 2008 obtuvo la medalla de bronce en esta misma prueba. El 3 de junio de 2006 batió en Nueva York el record mundial de los 5.000 metros con 14:24:53.
No es, pues, un  caso raro que busca la publicidad y el aplauso multitudinario. Aquí hay algo más. Un espíritu, unas ansias de agradar y de dar alegrías a quien se ama. También en las mismas Olimpiadas de Londres 2012, una joven nadadora, Mireia Belmonte, ofreció las 2 medallas de plata que ganó en las pruebas de 800 metros libres y 200 metros mariposa a la Virgen de Montserrat, la “Moreneta”  en Barcelona.
Sigue la Inauguración de los Juegos Olímpicos Londres 2012 – En VIVO ¿No será que muchos cristianos y cristianas han entendido lo que el Papa Juan Pablo II exponía en Polonia en su visita pastoral del año 1966  ante  todos los Obispos Polacos y millones de fieles: “Todo por medio de María”? Todo, también el deporte.

 

miércoles, 15 de agosto de 2012


El Rostro del Cerro

Una pequeña aldea, acurrucada en las faldas de un cerro, se encontraba sitiada por uno ejércitos del país vecino, grande y poderoso. Su jefes querían que el pueblo aquel se integrara a sus maneras y costumbres. Pero en vano. El pueblo se resistía y no cedía. Empezaron las presiones: cercaron el pueblo, cortaron el agua, hostigaban con gritos a sus habitantes y, cerraron los caminos para que nadie pudiera salir.

Lo moradores empezaron a preocuparse. Poco a poco el hambre y la zozobra mimaban su ánimo firme y resulto. Los niños lloraban y las madres se desesperaban al ver que nada podían darles. Los ancianos del pueblo, en reunión, estaban sin saber que determinación tomar. ¿Subir al cerro y escapar por el otro lado? Imposible. ¿Atacar a los agresores? Serían aniquilados irremisiblemente pues eran muchos más numerosos los guerreros que ellos. ¿Rendirse? ¡Nunca! Su orgullo les mantenía firmes y no iban a doblar la rodilla al prepotente y provocador adversario.

En plena reunión un anciano recordó una vieja leyenda de sus antepasados según la cual, en caso de asedio y batallas, si alguno de los jóvenes del pueblo llegaba a tener la fisonomía de un rostro que se dibujaba allá en lo alto del cerro, llegaría a ser el libertador. Todos se quedaron asombrados y dirigieron sus miradas al cerro. Si. En la cumbre se perfilaba un rostro, claro, de facciones bien acusadas y ojos duros como la piedra de la que estaba formado.

Un joven, un muchacho, no sabía nada de la leyenda pero todos los días, sin excepción, subía al cerro y se quedaba largas horas contemplando el rostro guerrero del cerro. Así un día y otro día. 
Al cabo de cierto tiempo, los ancianos se dieron cuenta que el rostro del joven iba adquiriendo la misma fisonomía del rostro que estaba, cincelado por el viento y las lluvias, en el cerro. Se quedaron estupefactos. Cuando el joven regresaba a la aldea en las tardes, los ancianos y el pueblo, quedamente, le seguían con la mirada e instintivamente miraban al cerro. Su corazón latía con fuerza y se llenaban de alegría al notar la similitud del rostro del cerro con la faz del joven.  

Efectivamente. El joven llegó a ser un fiel retrato del rostro del guerrero que estaba en el cerro. Aconsejado por los ancianos y reuniendo a los moradores, les expuso una serie de estrategias para librarse del asedio. Los soldados del ejército del país dominante, habían olvidado las precauciones y aflojado la vigilancia. Pensaban que el pueblo no tardaría en caer, como cae la fruta madura del árbol. De súbito se encontraron con un ataque feroz por parte de la gente de la aldea capitaneados por el joven de rostro del guerrero. Les cayeron flechas incendiarias, agua hirviendo desbarataba a los soldados que huían espantados dando voces y lamentos, rodaban piedras descomunales que aplastaban  las carpas, hombres y animales. 

Habían convertido un pequeño riachuelo que surgía del cerro en un caudal inmenso de agua que debidamente almacenado en la parte interior de la muralla y que, abiertas varias compuertas, se despeñaron rugientes derribando pertrechos y ahogando los pocos soldados que no pudieron huir. La victoria fue total. 

Contemplar, día a día, con constancia y anhelo, por la oración , el rostro de Cristo, se llega a ser “otro Cristo, el mismo Cristo”, en expresión de San Josemaría Escrivá  y, así, se ganarán todas las batallas que presente el enemigo común.

viernes, 11 de mayo de 2012


Las gracias de un borrico



El pastor, sentado en el declive del valle, miraba a sus ovejas que pastaban. Su perro, el fiel “bat”, estaba a su lado jadeando, pues había corrido alrededor del rebaño, ladrando y juntándolo en un todo, compacto y unido. A la voz de su amo, corría como una exhalación hacia las ovejas, ladrando y corriendo en círculo para que se agruparan. Las mantenía a raya. Sus ladridos eran como clarinazos que ponían a las ovejas, igual que un ejército, organizadas, obedientes, en su sitio.  El pastor se ciño el zurrón, tomo el cayado, dio un silbido y el perro comenzó a dirigir la marcha de las ovejas hacia el corral. La tarde languidecía. Guardó las ovejas en el redil, cerró la puerta y se sentó a la mesa para tomar una sopa de pan con vino. 

Debajo de la mesa el perrito no dejaba de mirarle, inquieto, esperando algún bocado. Por fin le dejó el cuenco plato con la poca sopa para que lo terminara. “Bat” saltaba de alegría junto a su amo. A un lado de la estancia, estaba un burrito que comía un puñado de cebada y meneaba la cola feliz.

En esto, el perrito dio un brinco y se puso de patas sobre la mesa, erguido, con las manos dobladas graciosamente delante del pecho y saltando graciosamente ante su dueño que sonreía, contento, mientras sorbía en un escudilla,  un poco de vino, rojo como la sangre. El perrito seguía con sus monerías: saltaba, daba brincos, aullaba y realizaba volteretas cada cual más divertidas.

El burrito, un tanto sorprendido de la pericia del “bat”, deseaba también demostrar sus habilidades. Corrió hacia donde estaba el pastor, dio un brinco… y cayó sobre la mesa que cedió con gran estrépito ante el peso del animal, destrozándola en mil pedazos.
No basta la buena intención de agradar. Hay que demostrarlo con obras, pero con obras coherentes y eficaces.

Las gracias del burrito sobre la mesa, no eran adecuadas ni convenientes. Los payasos del circo –esos hombres maravillosos que hacen reír para que los niños y mayores estén contentos y felices- no hacen “payasadas”, sino que derrochan arte, buen humor y corazón en sus actuaciones.

       

jueves, 29 de marzo de 2012

La araña




Estaba camuflada en el escondite que ella misma se había tejido. Quieta. Expectante. Sólo movía sus ojos inquisidores, esperando, esperando.
Me encontraba sentado junto a un árbol cuando divisé una inquieta y peluda araña negra que, entre dos ramas del árbol donde estaba sentado, tejía una tenue telaraña, casi invisible. Curioso. Cautivó mi curiosidad. Me di cuenta que precisamente por este sitio cruzaban varias moscas e insectos voladores. Observé con atención cómo iba tejiendo la telaraña fatídica. A partir de un centro, que era su guarida donde se escondería, iba tejiendo círculos, pequeños al principio y cada vez más grandes al final, hasta cubrir totalmente el paso por donde percibía que pasarían los insectos. Poco a poco fue formando una red casi invisible que quedó perfectamente ubicada entre las dos ramas del árbol. Se acurrucó en el hueco y esperó pacientemente.
Hacia el atardecer, aparecieron varios insectos que revoloteaban atolondradamente de un lado a otro con inusitado zigzag. La araña miraba y esperaba pacientemente sin moverse de su escondite. En eso una ingenua mosca quiso cruzar por entre las dos ramas y…chocó con la telaraña y se quedó pegada. La araña avizoró como la  mosca, por más esfuerzos que hacía para desprenderse de la pegajosa telaraña, más se enredaba en ella. La araña esperó, inquieta, mirando como su presa se debatía inútilmente para librarse. Imposible. ¡Estaba atrapada sin remedio! Rápidamente la tejedora salió de su escondrijo y se lanzó contra la mosca. Empezó a envolverla con sus hilos traidores para que se quedara aún más inmóvil y no escapara de la trampa que le había tendido. Vio que no se movía. ¡Ya era suya!

La araña traicionera jaló el ovillo donde estaba apresada la mosca y lo metió en su nido. La victima estaba servida. Le clavó el aguijón y, lentamente, chupó su sangre  con delicia. Al poco rato, la mosca ya no era más que un amasijo informe y fofo: una piltrafa infeliz sin carne y con el pellejo despedazado y contrahecho. Satisfecha con su festín, la araña pérfida tuvo la desfachatez, después de servirse de la mosca incauta, arrastrar la bola con los residuos y botarla al suelo despectivamente como una basura  inútil y despreciable.

Este es el triste desenlace al que pueden llegar los distraídos, inseguros e imprudentes que alegremente no cuidan su andar y sus acciones. ¡Pueden quedar atrapados irremisiblemente en la telaraña de sus malas acciones!




miércoles, 7 de marzo de 2012

El premio de Dios

Un escalofriante testimonio para aquellos que practican o se suman al griterío de la libertad a favor del aborto “terapéutico”. Lo leí en “Tradición y Acción” y te lo transcribo tal cual pensando en esas heroicas madres que a pesar de las recomendaciones de médicos,enfermeras,que, nsistentemente,  aconsejan que los medicamentos a tomar causaran un daño irreversible al hijo en gestación,apoyan elaborto con “argumentos” tendenciosos. Siento la necesidad de decir que el aborto, llámese “terapéutico”, “inducido”,  como se llame, es un atentado criminal contra una criatura humana indefensa, una aberración contra la naturaleza humana, un daño a la sociedad y una quemadura acerbísima en la mente y en el corazón de estas pobres mujeres que se someten al aborto. Una tragedia persistente y un trauma inextinguible. No podrá jamás borrar de su mente el grito del hijo no nacido: “Madre, madre mía, ¿por qué?”.
La estrella del fútbol americano Tim Tebow, defensa del equipo Florida Gators ganó en 2007 el codiciado Trofeo Eximan, que desde 1935 premia al mejor jugador de la popular Liga Universitaria norteamericana. Fue el más joven estudiante en ganar este trofeo, y este año figura nuevamente en el ranking de los candidatos finalistas. Durante una reciente entrevista, Tebow dejó atónitos a los periodistas al afirmar que debe sus éxitos deportivos al hecho de que él es “virgen” y se propone permanecer así hasta el matrimonio. Pero la sorpresa no terminó allí: el joven también agradeció a su madre por haberle permitido nacer; ya que estando en Filipinas durante el embarazo de Tim, en 1988, ella sufrió una disentería por parasitosis infecciosa, tan grave que quedó varios días en estado de coma. Al recobrar la conciencia los médicos le recomendaron someterse a un aborto “terapéutico” alegando que los medicamentos a tomar eran demasiado fuertes con irreversible peligro del hijo a nacer. Ella se negó rotundamente.
Dios premió su enérgica actitud por partida triple: dio  luz un niño perfectamente sano, se convirtió en un modelo de heroísmo materno para el mundo entero, y su propio hijo es hoy un ejemplo moral para la juventud.

viernes, 27 de enero de 2012

¿Existen los milagros?


Esteban Puig T.

Sucedió en Australia, en una estación del metro. Una madre con su hijo en el cochecito esperaba la llegada del tren subterráneo. Faltaban pocos minutos. La mamá, dejó por un momento el cochecito con su niño y se puso a conversar. No se dio cuenta que el carrito, lentamente al principio y después más deprisa, por lo inclinado del piso, iba a caer en la vía del metro. El ruido del tren que se aproximaba le hizo voltear la cabeza. ¡Horror! El cochecito iba a caer. Lanzando un grito de espanto se abalanzó sobre el cochecito…pero ya era demasiado tarde. Cayó dentro y en aquel mismo instante pasaba el metro rugiendo como una fiera que ahogó los gritos de dolor de la madre. El tren paró unos cien metros adelante. Las pocas personas que estaban esperando el metro, corrieron hacia la máquina con el aliento contenido y con ellos la madre que lloraba y gritaba sin poder contenerse. Un dolor intenso le atenazaba el corazón. ¡Hijo, hijo mío! Imaginaba lo peor. El tren con la velocidad que llevaba, habría arrastrado el cochecito y la suerte del niño era predecible. Miraba la madre hacia las vías del fondo con gritos y sollozos. Desesperada, impotente. No era para menos. El dolor era indescriptible, profundo, como si hubiera muerto parte de ella misma en el hijo.
Se dio aviso al jefe de la estación. Algunos hombres se acercaron a ver el desenlace, seguros de encontrar al niño y al cochecito destrozado hecho un amasijo de hierros y telas. Las demás mujeres con las que iba conversando la madre, se quedaron impactadas y temblorosas. Algunos hombres se lanzaron a la vía y se quedaron paralizados… Ahí estaba el cochecito con el niño…sonriendo. El coche, al ser arrastrado, había formado como una cápsula protectora alrededor del niño y las telas  y demás objetos le habían protegido de los golpes y descalabros. Sólo tenía algunos moretones y rasguños. Nada más. Impactante.
¡Cómo no creer en Dios! ¿Será posible que algunos orgullosamente y sin respetos piensen que Dios no existe; y si existe, no se preocupa de cada uno o, en fin, que no lo necesitan para nada. ¿Tú que piensas?

viernes, 2 de diciembre de 2011

Nacido el Niño Jesús…

En una cueva y en una noche muy fría y lleno el cielo de estrellas titilantes que parpadeaban, asombradas, con ligero temblor, fue cuando la Virgen María trajo al mundo un Niño, bello como una rosa y radiante como un sol. El Niño -Dios hecho hombre- cuando abrió sus dulces ojitos, lo que vio por primera vez de las cosas de la tierra, fue el rostro amoroso y bello de su Madre. ¡ Jesús, lo primero que vio en la tierra al nacer, fue a su Madre!
El día se había presentado muy ajetreado. Desde las primeras horas de la mañana llegaron los pastores con ofrendas y cantos a adorar al Niño que había nacido en una cueva y que “estaba envuelto en pañales”. Esa era la señal para reconocerlo. Le cantaron, le bailaron, le besaron…estaban radiantes de alegría y gozo. María, con el Niño en sus brazos, sonreía a todos y agradecía los regalos y obsequios que le daban. José, a su lado, miraba complacido cómo saltaban y bailaban de alegría. No era para menos: ¡nos ha nacido el Mesias, el Redentor!
Ya, al caer el sol, cuando los pastores se habían ido, José se acercó a la entrada de la cueva  y con unos palos, intentó cerrar la entrada para que María y el Niño descansaran tranquilos. Cuando se asomó y miró de un lado para otro, su mirada vislumbró una figura de alguien que se acercaba, vacilante, hacia la cueva. Se preguntó quien sería esta persona a estas horas. Por supuesto que si viene a adorar al Niño, no se lo voy a permitir. María está cansada y el Niño ya duerme.
La figura fue avanzando lentamente. Era una mujer, vestida de negro, una anciana encorvada por el peso de los años. La figura seguía avanzando. Cuando ya estaba cerca de la cueva, José se asustó. Era una anciana con el rostro arrugadísimo, los cabellos largos y blanquísimos, la piel mortecina y pálida, cenicientas. Sus ojos -¡Dios mío, sus ojos!- brillaban como un ascua de fuego en las cuencas negras y hundidas. Iba tan encorvada que casi su cabeza rozaba el suelo. S. José se asustó. Pero lo más que le preocupó es que llevaba un rebozo deshecho y polvoriento que le cubría la cabeza, caía por la espalda, y llegaba hasta la cintura. Entre sus pliegues, escondía sus manos sosteniendo un objeto. Eso es lo que le espantó a José. ¿Llevará algún objeto para dañar al Niño? Ah, no. No lo iba a permitir.
Se puso frente a la boca de la cueva y le dijo, como excusándose: -Señora, ya es muy tarde, mi esposa descansa y el Niñito duerme. No puede pasar. Regrese mañana. La anciana no se movía del lugar. En esto se escuchó la voz de María que decía: -José, déjala pasar. José no se atrevía y dudaba pero, los deseos de su esposa eran preceptos para él. La dejó pasar. Pero, por si acaso, mientras la anciana avanzaba al fondo de la cueva, José, tomó un bastón que habían dejado los pastores y se puso detrás de la anciana, expectante. Además, Dios sabe qué lleva escondido entre sus manos tapadas entre los pliegues del rebozo.

¡Nos ha Nacido  Dios!
¡Alegrémonos!

La anciana llegó hasta donde estaba el Niño acomodado entre las pajas del pesebre. María sonrió a la anciana. En esto, la anciana fue desenvolviendo el rebozo, lentamente. José estaba en ascuas y apretaba fuertemente le bastón. Al final, en las manos macilentas, temblorosas y arrugadísima, mostró al Niño una manzana. Pero una manzana mordida en una parte y la depositó, cuidadosamente, sobre las pajas del pesebre cerca del Niño. Este tomó la manzana, le echó la bendición…y la manzana recobró todo su lozanía y frescura desapareciendo la mordedura. De la mejilla cenicienta de la anciana, se deslizó una lágrima que se quedó suspendida entre las pajas como una perla reluciente. ¡Era Eva, la primera mujer que en el Paraíso terrenal, mordió la manzana y por su acción de desobediencia ingresó el pecado en el mundo! Ahora sus ojos milenarios habían visto al Redentor y, por fin, la culpa quedaba perdonada.
La anciana, lentamente, sin darle la espalda, se retiró. Salió a la boca de la cueva y, cansinamente, reanudó el camino. Su figura encorvada se fue empequeñeciendo, empequeñeciendo hasta perderse en la lejanía cuando en el azul del cielo comenzaba a tachonarse de estrellas.

viernes, 28 de octubre de 2011

La Orca asesina.

Unos pescadores se echaron con su barca a la mar para pescar. Era el atardecer de un día de verano. Las nubes se teñían de rojo heridas por los puñales de los rayos del sol que se ocultaba lentamente hacia el horizonte. En el momento del trayecto se encontraron con un espectáculo maravilloso. A unos cuantos metros, el mar parecía hervir. Miles de peces buscaban afanosos el cardume jugueteando en la superficie del agua salpicando de oro y plata las olas tranquilas del mar. Cientos de gaviotas revoloteaban chillando. Pararon la barca, admirados de aquel espectáculo inaudito y maravilloso. En eso, vieron como dos delfines jóvenes, comenzaron a cruzar en majestuosos saltos las olas con una elegancia y perfección increíble. Se sumergían rítmicamente y volvían a aparecer como dos acróbatas sincronizados. Era como un espectáculo circense: elegantes, finos, plateados, juguetones, magníficos y bellos. Uno de ellos salió del agua disparado como una flecha hacia el cielo. Fue subiendo y subiendo airoso casi unos diez o quince metros y dando un quiebro, raudo como una flecha se zambulló  olímpicamente en el mar azul. Y así una y otra vez.
En estos juegos estaban cuando no se percataron que muy cerca donde se entretenían los delfines aparecía una masa negra que salía a flor de agua  parecida a una roca y volvió a sumergirse sigilosamente. El delfín, retozando feliz,  volvió a remontar  hacia el cielo. Al llegar a la altura límite, en el momento de realizar el giro y zambullirse en el agua, la masa negra informe volvió a emerger más y más por encima del agua hasta formar como un peña. Los pescadores, exclamaron: ¡La Orca, la temida ballena asesina! El delfín se precipitó hacia abajo y vio la masa de la Orca que le esperaba debajo y que por la velocidad, se le aparecía cada vez más grande, más  grande, más grande… ya no pudo evitar el impacto por más que intentaba evitar el choque mortal. Cayó aparatosamente sobre el lomo de la ballena. El ruido espantó las gaviotas que revoloteaban. Se había quebrado el espinazo… había muerto…  y se deslizaba fláccidamente por el lomo azul oscuro del cetáceo hasta el agua con la cola aún visible. Los pescadores, impresionados aún por el suceso, mudos, vieron como, poco a poco, la masa negra asesina fue sumergiéndose y arrastrando al pobre delfín en las profundidades tenebrosas del mar. La cola, como una bandera de luto, también desapareció para siempre.

Saludos amigos.
Me dolió en el alma ante la trágica, absurda y desgarrada noticia de los 6 cristianos quemados vivos por exaltados mahometanos fanáticos en Gojra zona central de Pakistán. Está escrito que los cristianos seríamos triturados. El bien, lo bueno, lo justo, la belleza y elegancia, como el delfín, no se aprecia. Al contrario. En varias partes del mundo van surgiendo horribles orcas asesinas como adalides emisarios de Satán, no tengo que hacer más comentarios. Amigos reflexionen y recen.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Competencia

Cuando lo leí, no pude ocultar unas lágrimas de emoción que asomaron, asombradas, de mis ojos y se deslizaron, fugaces, por las mejillas. ¡Ese hecho si que era un ejemplo de vida ¡
Todavía resuenan los aplausos y los ojos no dejan de humedecerse ante el espectáculo de nueve jóvenes discapacitados que competían en una “Olimpiadas especiales” en Seattle, Estados Unidos, en una carrera de cien metros lisos.

Se alinearon para esperar la señal. Sonó el disparo de partida y salieron corriendo ante la  expectación de ver correr por un premio a jóvenes discapacitados. ¡A ganar! A media carrera uno de ellos tropezó cayendo al suelo y empezó, impotente, a llorar. Los otros jóvenes competidores, escucharon el ruido de la caída. Todos se pararon. Miraron hacia atrás y, unánimemente, dando media vuelta, regresaron al sitio donde estaba  su compañero caído. Una de las muchachas con síndrome de Down, se arrodilló, le dio un beso y le dijo: “Listo, ahora vas a ganar”. Todos los competidores entrelazaron los brazos y caminaron juntos hasta la línea de llegada.

El estadio entero se puso de pié…aplaudían, lloraban, gritaban de emoción.

Los que estaban allí repetían y repiten esta historia hasta el día de hoy. Y yo también con ellos. Porque lo que importa es la vida. Más que ganar, es ayudar a los demás para vencer,  aunque ello signifique disminuir el paso.

El comentario siguiente es de un amigo. El verdadero sentido de esta vida es que TODOS y JUNTOS ganemos, no individualmente.

Disminuir el paso, cambiar el rumbo y  ayudar a alguien que en ciertos momentos de su vida tropezó y que necesita ayuda para continuar caminando pero no como proyecto individual, sino colectivo.    

Entre todos, seguro que podemos. Guárdalo en tu corazón y asegúrate de encontrarlo en el momento oportuno, cuando debas ayudar a quien te necesita.

jueves, 25 de agosto de 2011

El "loquito" que llegó lejos

Todas las noches de claro de luna, un hombre salía de su casa y se subía a un pequeño cerro que allí estaba muy cerca del pueblo en el que vivía. Los niños del pueblo, al verlo pasar, le gritaban: “lo-qui-to, lo-qui-to, lo-qui-to…” El les sonreía con su boca anchota de labios caídos. Noche tras noche, subía al cerro y con los guijarros que había amontonado a su alrededor y las lanzaba con fuerza contra la luna llena que, impertérrita, le sonreía en su claridad y las estrellas le guiñaban el ojo, con pillería. Esto exasperaba más al “loquito” quien, con más furia y coraje, proseguía lanzándole piedras. La gente se reía del pobre loquito. Pero a él nada le importaba lo que dijeran. Quería  tocar la luna a toda costa. Día a día se esforzaba  con todas sus fuerzas para alcanzarla y “quebrarla” de una pedrada. Inútil. Pero era tanto su afán que si bien no tocó nunca la luna llegó lejísimos cada vez que lanzaba el canto rodado.

Pasaron los días y llegó la Fiesta del Aniversario del Pueblo. Entre los diversos actos festivos había uno que consistía en quién de los jóvenes allí reunidos, tiraba la piedra lo más lejos posible. Se había reunido un gran gentío. La expectativa era muy grande. Se hacían apuestas entre los amigos señalando al probable ganador. Una docena de jóvenes esperaban la señal para arrojar la piedra.  Se permitían tres intentos. En esto llegó el “loquito” y se colocó en la fila. Sólo llevaba una sola piedra. La gente sonreía. Se dio la señal y uno tras otro lanzaban por tres veces consecutivas las piedras. Muchos de los jóvenes llegaban lejos ante la admiración de la gente. Tocó el turno al “loquito”. Se hizo el silencio. Y lanzó la piedra. Iba rauda, sobrepasando por mucho los hitos que habían alcanzado  los demás competidores. Al fin cayó en el suelo. Un ¡Oh! rotundo salió de todas las gargantas. Había superado el doble del que había logrado la mayor distancia.
Se consiguen las metas proyectadas con tesón, energía y constancia superándose día a día más y más. El río a pesar de las piedras que aparentemente impiden el descenso del agua, son medios que favorecen su curso. De no ser por ellas, se estancaría y nunca llegaría al lago o al mar.

jueves, 14 de julio de 2011

El caballo de Troya

Troya (antigua Ilion) ciudad famosa de la leyenda griega, situada en el extremo noroeste de Asia Menor, en la actual Turquía, fue fundada por Ilus, el hijo de Tros de quien se deriva el nombre de Troya. Durante el reinado de Príamo, hijo de Laomedón, tuvo lugar la guerra entre los soldados griegos del último periodo micénico y los habitantes romanos de Tróade.
Los guerreros griegos avanzaron hacia Troya en mil esbeltas y ligeras naves. Anclaron en la rada frente de la amurallada ciudad. ¿La imponente fuerza naval con sus miles de guerreros conseguiría, por fin, penetrar en la ciudad hasta ahora indómita? Lo habían intentado durante nuevo años. Este era el décimo. De no conquistar la ciudad, se retirarían definitivamente. Pero el honor humillado y el espíritu combativo que les animaba por rescatar a Helena de manos de Paris, príncipe troyano, que la había raptado y confinado con él en la ciudad de Tróade, mantenían vivos sus esfuerzos guerreros. Sólo una idea inverosímil hecha realidad, podía, quizá, conseguir el milagro. Y lo consiguieron. Astutamente, lograron ingresar en la ciudad y adueñarse de ella. Odiseo fue el hombre que inventó la ardid inaudita.¡Troya caería!
Un día los romanos miraron asombrados desde sus murallas como, a lo lejos, los griegos en la playa entre grandes fogatas, bailes  y cantos estentóreos, bailaban alredor de un descomunal caballo de madera. Estaban estupefactos. No salían de su asombro. El caballo era enorme. Su cabezota llegaba a la altura de la muralla. Odiseo había mandado construirlo vacío por dentro. Varios soldados griegos armados, se habían ubicado sigilosamente en su interior. Los romanos imaginaban que los soldados griegos celebraban sus ritos a alguno de sus dioses. Al amanecer, con mayor sorpresa, divisaron como la flota griega abandonaba la ensenada y el caballo enorme permanecía abandonado en la playa cerca de la puerta principal de la muralla.
¿Por qué habían abandonado el caballo? ¿Desistieron, cansados, del asedio y se retiraban de la pelea pertinazmente estéril? Dentro de la ciudad había un griego infiltrado, un espía de nombre Sinon. Había logrado convencer a los capitanes que entraran el imponente caballo dentro de la ciudad afirmando que era un regalo de Poseidón que se había puesto a lado de los griegos. Así se hizo. Cayó la noche y sólo unos cuantos centinelas estaban deambulando y aún sorprendidos del enorme caballo mudo que tenían delante que al centelleo de las hogueras, aparecía fantasmagórico, espectral.
A primeras horas de la madrugada salieron, solapadamente, los guerreros griegos del caballo y, después de asesinar a los vigilantes fueron corriendo a abrir la puerta principal. Los griegos, durante la noche habían regresado a la bahía protegidos por la espesa neblina y la lobreguez de las  tinieblas. Desembarcaron sigilosamente de las naves y se apostaron junto a la puerta de la muralla, esperando que ésta fuera abierta por los soldados que estaban ya dentro de la ciudad.
Así que se abrió la puerta entraron a tropel, gritando y prendiendo fuego a las viviendas. Los guerreros romanos, asustados y adormecidos, no sabían qué estaba sucediendo. Cayeron a espada. La ciudad fue incendiada y destruida. “¡Cayó Troya!”, gritaban eufóricos los guerreros griegos blandiendo sus espadas, “¡Cayó Troya!” la invencible, la que tantos años costó doblegar.
¡Cuántas veces, quizá, dejamos entrar en nosotros guerreros adustos que dentro del caballo de las pasiones, asolan nuestra fortaleza interior!

miércoles, 6 de julio de 2011

Guillermo Tell

Era un patriota suizo. Vivía en las afueras de la ciudad condal gobernada por el despótico Gessler, gobernador del cantón de Uri. Era un experto cazador. Nunca fallaba. La flecha iba rauda y segura al objeto deseado. Gessler, soberbio, mandó colocar su gorro en lo alto de un poste que había en medio de la plaza pública y obligó que, todos los que pasaban por allí, se inclinaran reverentemente ante el gorro, de lo contrario serían castigados.
Un día pasó por la plaza Guillermo Tell. Miró de reojo el gorro sobre el poste y, despectivamente, siguió caminando sin mirarlo siquiera. No pasaron muchos minutos sin que  el gobernador fuera informado del desaire de Tell. Gessler se puso lívido de cólera. Le tenía a Tell una enorme envidia por sus dotes de buen cazador que dejaban en ridículo las que él poseía. La envidia es el mal endémico que corroe el espíritu y haced añicos todas las ilusiones y quereres más nobles. Capturaron a Tell y a su hijo al que amarraron en el poste de la plaza colocando encima de la cabeza una manzana. Tell, si tan buena puntería tenía, debía alcanzar la manzana puesta sobre la cabeza de su hijo menor. Si erraba el tiro, mataría a su hijo.
La plaza estaba llena a rebosar. El Gobernador, con sus capitanes y la gente de la ciudad miraba, con alevoso regocijo, la escena. Inflingiría un gran dolor a su rival. Llegó el momento. Apareció Guillermo Tell, con su arco y dos flechas en la aljaba. Se hizo un silencio expectante. Sonó un cuerno de caza y, Tell, asentó sus pies firmemente en la tierra. Sacó una flecha y la puso en la ballesta. Tensó el arco. La gente, anhelante, aguantaba la respiración. Un chasquido y la flecha salió rauda y segura hasta atravesar la manzana que quedó clavada en el poste. La gente exclamó con un oh grandioso, mientras el Conde, humillado, le quemaban las entrañas. Ladino, se acercó a Tell y le preguntó por qué llevaba otra flecha de repuesto. Guillermo Tell, mirándole fijamente a los ojos, exclamó: “Porque si con la primera flecha hubiera matado a mi hijo, con esa, sin que temblara mi pulso, hubiera ido certeramente al corazón del Conde”
Un hombre cabal, de una pieza y no una caricatura de hombre taimado, astuto, malicioso y pérfido.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Kekarporta
Mehemet II, sultán otomano de Turquía tiene grandes ambiciones guerreras. Nada menos que apoderarse de la ciudad bizantina de Constantinopla. La empresa se le presenta difícil. Pero a los hombres fieros y orgullosos nada les detiene en su inverosímil osadía; por el contrario, a los pusilánimes, les aterroriza cualquier proyecto grandioso y noble. La  Ciudad famosa, donde reside el basilea Constantino, posee unas murallas infranqueables. Rodeada por tres murallas, una detrás de otra, el bastión más fuerte tiene siete kilómetros de longitud. Resulta imposible destruirlas y asaltarlas. Ni las armas, ni los cañones hasta ahora fabricados, nada pueden contra esta muralla pétrea inconmovible. Mehemet estudia los planos por donde abrir brechas y asaltar la ciudad. Imposible. Las bolas de piedras que lanzan sus cañones resultan inútiles ante tamaña fortaleza. Ha intentado varias veces penetrar en ella con sus huestes, pero es rechazado una y otra vez ante la heroica resistencia de los cristianos que son, por lo demás, menores en número. No puede con ellos.
En estas se presentó ante él un húngaro llamado Urbas, fabricante de cañones quien le promete que puede construir un cañón, el más soberbio y grande hasta hoy fabricado. El cañon resulta una pieza de artillería fabulosa. Por su alcance y sobre todo por su poder destructivo, derrumba el muro más inexpugnable de un solo tiro. Mehemet manda fabricar varios de ellos. Los traslada por toda Tracia hasta las murallas de Bizancio. Doscientos hombres a la derecha y a la izquierda acomodan constantemente este monstruo de metal que avanza sobre carros en ristra. Miles de hombres acompañan esta “máquina arrojapiedras” y 50 pares de bueyes han sido enganchados. Sigilosamente emplaza los cañones, unos veinte o treinta, ante la ciudad que mira, espantada, aquel tubo de fierro más parecido a un demonio que no a un arma. Están perdidos. Las bocas furiosas vomitan piedras mortíferas que, de un solo disparo, desmoronan parte de la muralla. Una y otra vez, las bocas  van abriendo heridas en la antes inexpugnable muralla. Viene la orden de asalto. Alentados por el premio -cada uno podrá tomar en botín lo que quiera-, la horda de soldados turcos se lanza al asedio con garfios, escaleras, alfanjes, cimitarras y cuchillo en la boca. Las tropas de Bizancio, momentáneamente, resisten el ataque. Parece que aún no esta decidida la batalla a favor de unos u otros. Dos sarracenos recorren, sin ser vistos,  la tercera muralla cuando, asombrados, descubren que la puerta, la kerkaporta que da al mismo corazón de la ciudad, está abierta. No pueden creer que sea un descuido. Piensan más bien que se trata una trampa. Pero no, la pequeña puerta se ha dejado, inexplicablemente, abierta. Corren en busca de una tropa de soldados y, penetrando por ella, atacan por la espalda a los denodados soldados que estaban apostados en las brechas abiertas de la muralla.  Las huestes al grito de: “¡Allah, Allah-il-Allah!” saquean las iglesias, hacen prisioneros a los aguerridos jóvenes soldados, matan a los ancianos y se llevan a las mujeres. Allí cae Bizancio, la esplendorosa, la mil veces bendita y ensalzada…y cae por tener abierta, descuidadamente, una pequeña puerta.
Cuántas pequeñas cosas, por flojera, descuido o por desidia, acaban por derrumbar el muro inexpugnable de la voluntad, la rectora de nuestros actos nobles.