miércoles, 15 de agosto de 2012


El Rostro del Cerro

Una pequeña aldea, acurrucada en las faldas de un cerro, se encontraba sitiada por uno ejércitos del país vecino, grande y poderoso. Su jefes querían que el pueblo aquel se integrara a sus maneras y costumbres. Pero en vano. El pueblo se resistía y no cedía. Empezaron las presiones: cercaron el pueblo, cortaron el agua, hostigaban con gritos a sus habitantes y, cerraron los caminos para que nadie pudiera salir.

Lo moradores empezaron a preocuparse. Poco a poco el hambre y la zozobra mimaban su ánimo firme y resulto. Los niños lloraban y las madres se desesperaban al ver que nada podían darles. Los ancianos del pueblo, en reunión, estaban sin saber que determinación tomar. ¿Subir al cerro y escapar por el otro lado? Imposible. ¿Atacar a los agresores? Serían aniquilados irremisiblemente pues eran muchos más numerosos los guerreros que ellos. ¿Rendirse? ¡Nunca! Su orgullo les mantenía firmes y no iban a doblar la rodilla al prepotente y provocador adversario.

En plena reunión un anciano recordó una vieja leyenda de sus antepasados según la cual, en caso de asedio y batallas, si alguno de los jóvenes del pueblo llegaba a tener la fisonomía de un rostro que se dibujaba allá en lo alto del cerro, llegaría a ser el libertador. Todos se quedaron asombrados y dirigieron sus miradas al cerro. Si. En la cumbre se perfilaba un rostro, claro, de facciones bien acusadas y ojos duros como la piedra de la que estaba formado.

Un joven, un muchacho, no sabía nada de la leyenda pero todos los días, sin excepción, subía al cerro y se quedaba largas horas contemplando el rostro guerrero del cerro. Así un día y otro día. 
Al cabo de cierto tiempo, los ancianos se dieron cuenta que el rostro del joven iba adquiriendo la misma fisonomía del rostro que estaba, cincelado por el viento y las lluvias, en el cerro. Se quedaron estupefactos. Cuando el joven regresaba a la aldea en las tardes, los ancianos y el pueblo, quedamente, le seguían con la mirada e instintivamente miraban al cerro. Su corazón latía con fuerza y se llenaban de alegría al notar la similitud del rostro del cerro con la faz del joven.  

Efectivamente. El joven llegó a ser un fiel retrato del rostro del guerrero que estaba en el cerro. Aconsejado por los ancianos y reuniendo a los moradores, les expuso una serie de estrategias para librarse del asedio. Los soldados del ejército del país dominante, habían olvidado las precauciones y aflojado la vigilancia. Pensaban que el pueblo no tardaría en caer, como cae la fruta madura del árbol. De súbito se encontraron con un ataque feroz por parte de la gente de la aldea capitaneados por el joven de rostro del guerrero. Les cayeron flechas incendiarias, agua hirviendo desbarataba a los soldados que huían espantados dando voces y lamentos, rodaban piedras descomunales que aplastaban  las carpas, hombres y animales. 

Habían convertido un pequeño riachuelo que surgía del cerro en un caudal inmenso de agua que debidamente almacenado en la parte interior de la muralla y que, abiertas varias compuertas, se despeñaron rugientes derribando pertrechos y ahogando los pocos soldados que no pudieron huir. La victoria fue total. 

Contemplar, día a día, con constancia y anhelo, por la oración , el rostro de Cristo, se llega a ser “otro Cristo, el mismo Cristo”, en expresión de San Josemaría Escrivá  y, así, se ganarán todas las batallas que presente el enemigo común.

viernes, 11 de mayo de 2012


Las gracias de un borrico



El pastor, sentado en el declive del valle, miraba a sus ovejas que pastaban. Su perro, el fiel “bat”, estaba a su lado jadeando, pues había corrido alrededor del rebaño, ladrando y juntándolo en un todo, compacto y unido. A la voz de su amo, corría como una exhalación hacia las ovejas, ladrando y corriendo en círculo para que se agruparan. Las mantenía a raya. Sus ladridos eran como clarinazos que ponían a las ovejas, igual que un ejército, organizadas, obedientes, en su sitio.  El pastor se ciño el zurrón, tomo el cayado, dio un silbido y el perro comenzó a dirigir la marcha de las ovejas hacia el corral. La tarde languidecía. Guardó las ovejas en el redil, cerró la puerta y se sentó a la mesa para tomar una sopa de pan con vino. 

Debajo de la mesa el perrito no dejaba de mirarle, inquieto, esperando algún bocado. Por fin le dejó el cuenco plato con la poca sopa para que lo terminara. “Bat” saltaba de alegría junto a su amo. A un lado de la estancia, estaba un burrito que comía un puñado de cebada y meneaba la cola feliz.

En esto, el perrito dio un brinco y se puso de patas sobre la mesa, erguido, con las manos dobladas graciosamente delante del pecho y saltando graciosamente ante su dueño que sonreía, contento, mientras sorbía en un escudilla,  un poco de vino, rojo como la sangre. El perrito seguía con sus monerías: saltaba, daba brincos, aullaba y realizaba volteretas cada cual más divertidas.

El burrito, un tanto sorprendido de la pericia del “bat”, deseaba también demostrar sus habilidades. Corrió hacia donde estaba el pastor, dio un brinco… y cayó sobre la mesa que cedió con gran estrépito ante el peso del animal, destrozándola en mil pedazos.
No basta la buena intención de agradar. Hay que demostrarlo con obras, pero con obras coherentes y eficaces.

Las gracias del burrito sobre la mesa, no eran adecuadas ni convenientes. Los payasos del circo –esos hombres maravillosos que hacen reír para que los niños y mayores estén contentos y felices- no hacen “payasadas”, sino que derrochan arte, buen humor y corazón en sus actuaciones.

       

jueves, 29 de marzo de 2012

La araña




Estaba camuflada en el escondite que ella misma se había tejido. Quieta. Expectante. Sólo movía sus ojos inquisidores, esperando, esperando.
Me encontraba sentado junto a un árbol cuando divisé una inquieta y peluda araña negra que, entre dos ramas del árbol donde estaba sentado, tejía una tenue telaraña, casi invisible. Curioso. Cautivó mi curiosidad. Me di cuenta que precisamente por este sitio cruzaban varias moscas e insectos voladores. Observé con atención cómo iba tejiendo la telaraña fatídica. A partir de un centro, que era su guarida donde se escondería, iba tejiendo círculos, pequeños al principio y cada vez más grandes al final, hasta cubrir totalmente el paso por donde percibía que pasarían los insectos. Poco a poco fue formando una red casi invisible que quedó perfectamente ubicada entre las dos ramas del árbol. Se acurrucó en el hueco y esperó pacientemente.
Hacia el atardecer, aparecieron varios insectos que revoloteaban atolondradamente de un lado a otro con inusitado zigzag. La araña miraba y esperaba pacientemente sin moverse de su escondite. En eso una ingenua mosca quiso cruzar por entre las dos ramas y…chocó con la telaraña y se quedó pegada. La araña avizoró como la  mosca, por más esfuerzos que hacía para desprenderse de la pegajosa telaraña, más se enredaba en ella. La araña esperó, inquieta, mirando como su presa se debatía inútilmente para librarse. Imposible. ¡Estaba atrapada sin remedio! Rápidamente la tejedora salió de su escondrijo y se lanzó contra la mosca. Empezó a envolverla con sus hilos traidores para que se quedara aún más inmóvil y no escapara de la trampa que le había tendido. Vio que no se movía. ¡Ya era suya!

La araña traicionera jaló el ovillo donde estaba apresada la mosca y lo metió en su nido. La victima estaba servida. Le clavó el aguijón y, lentamente, chupó su sangre  con delicia. Al poco rato, la mosca ya no era más que un amasijo informe y fofo: una piltrafa infeliz sin carne y con el pellejo despedazado y contrahecho. Satisfecha con su festín, la araña pérfida tuvo la desfachatez, después de servirse de la mosca incauta, arrastrar la bola con los residuos y botarla al suelo despectivamente como una basura  inútil y despreciable.

Este es el triste desenlace al que pueden llegar los distraídos, inseguros e imprudentes que alegremente no cuidan su andar y sus acciones. ¡Pueden quedar atrapados irremisiblemente en la telaraña de sus malas acciones!




miércoles, 7 de marzo de 2012

El premio de Dios

Un escalofriante testimonio para aquellos que practican o se suman al griterío de la libertad a favor del aborto “terapéutico”. Lo leí en “Tradición y Acción” y te lo transcribo tal cual pensando en esas heroicas madres que a pesar de las recomendaciones de médicos,enfermeras,que, nsistentemente,  aconsejan que los medicamentos a tomar causaran un daño irreversible al hijo en gestación,apoyan elaborto con “argumentos” tendenciosos. Siento la necesidad de decir que el aborto, llámese “terapéutico”, “inducido”,  como se llame, es un atentado criminal contra una criatura humana indefensa, una aberración contra la naturaleza humana, un daño a la sociedad y una quemadura acerbísima en la mente y en el corazón de estas pobres mujeres que se someten al aborto. Una tragedia persistente y un trauma inextinguible. No podrá jamás borrar de su mente el grito del hijo no nacido: “Madre, madre mía, ¿por qué?”.
La estrella del fútbol americano Tim Tebow, defensa del equipo Florida Gators ganó en 2007 el codiciado Trofeo Eximan, que desde 1935 premia al mejor jugador de la popular Liga Universitaria norteamericana. Fue el más joven estudiante en ganar este trofeo, y este año figura nuevamente en el ranking de los candidatos finalistas. Durante una reciente entrevista, Tebow dejó atónitos a los periodistas al afirmar que debe sus éxitos deportivos al hecho de que él es “virgen” y se propone permanecer así hasta el matrimonio. Pero la sorpresa no terminó allí: el joven también agradeció a su madre por haberle permitido nacer; ya que estando en Filipinas durante el embarazo de Tim, en 1988, ella sufrió una disentería por parasitosis infecciosa, tan grave que quedó varios días en estado de coma. Al recobrar la conciencia los médicos le recomendaron someterse a un aborto “terapéutico” alegando que los medicamentos a tomar eran demasiado fuertes con irreversible peligro del hijo a nacer. Ella se negó rotundamente.
Dios premió su enérgica actitud por partida triple: dio  luz un niño perfectamente sano, se convirtió en un modelo de heroísmo materno para el mundo entero, y su propio hijo es hoy un ejemplo moral para la juventud.

viernes, 27 de enero de 2012

¿Existen los milagros?


Esteban Puig T.

Sucedió en Australia, en una estación del metro. Una madre con su hijo en el cochecito esperaba la llegada del tren subterráneo. Faltaban pocos minutos. La mamá, dejó por un momento el cochecito con su niño y se puso a conversar. No se dio cuenta que el carrito, lentamente al principio y después más deprisa, por lo inclinado del piso, iba a caer en la vía del metro. El ruido del tren que se aproximaba le hizo voltear la cabeza. ¡Horror! El cochecito iba a caer. Lanzando un grito de espanto se abalanzó sobre el cochecito…pero ya era demasiado tarde. Cayó dentro y en aquel mismo instante pasaba el metro rugiendo como una fiera que ahogó los gritos de dolor de la madre. El tren paró unos cien metros adelante. Las pocas personas que estaban esperando el metro, corrieron hacia la máquina con el aliento contenido y con ellos la madre que lloraba y gritaba sin poder contenerse. Un dolor intenso le atenazaba el corazón. ¡Hijo, hijo mío! Imaginaba lo peor. El tren con la velocidad que llevaba, habría arrastrado el cochecito y la suerte del niño era predecible. Miraba la madre hacia las vías del fondo con gritos y sollozos. Desesperada, impotente. No era para menos. El dolor era indescriptible, profundo, como si hubiera muerto parte de ella misma en el hijo.
Se dio aviso al jefe de la estación. Algunos hombres se acercaron a ver el desenlace, seguros de encontrar al niño y al cochecito destrozado hecho un amasijo de hierros y telas. Las demás mujeres con las que iba conversando la madre, se quedaron impactadas y temblorosas. Algunos hombres se lanzaron a la vía y se quedaron paralizados… Ahí estaba el cochecito con el niño…sonriendo. El coche, al ser arrastrado, había formado como una cápsula protectora alrededor del niño y las telas  y demás objetos le habían protegido de los golpes y descalabros. Sólo tenía algunos moretones y rasguños. Nada más. Impactante.
¡Cómo no creer en Dios! ¿Será posible que algunos orgullosamente y sin respetos piensen que Dios no existe; y si existe, no se preocupa de cada uno o, en fin, que no lo necesitan para nada. ¿Tú que piensas?

viernes, 2 de diciembre de 2011

Nacido el Niño Jesús…

En una cueva y en una noche muy fría y lleno el cielo de estrellas titilantes que parpadeaban, asombradas, con ligero temblor, fue cuando la Virgen María trajo al mundo un Niño, bello como una rosa y radiante como un sol. El Niño -Dios hecho hombre- cuando abrió sus dulces ojitos, lo que vio por primera vez de las cosas de la tierra, fue el rostro amoroso y bello de su Madre. ¡ Jesús, lo primero que vio en la tierra al nacer, fue a su Madre!
El día se había presentado muy ajetreado. Desde las primeras horas de la mañana llegaron los pastores con ofrendas y cantos a adorar al Niño que había nacido en una cueva y que “estaba envuelto en pañales”. Esa era la señal para reconocerlo. Le cantaron, le bailaron, le besaron…estaban radiantes de alegría y gozo. María, con el Niño en sus brazos, sonreía a todos y agradecía los regalos y obsequios que le daban. José, a su lado, miraba complacido cómo saltaban y bailaban de alegría. No era para menos: ¡nos ha nacido el Mesias, el Redentor!
Ya, al caer el sol, cuando los pastores se habían ido, José se acercó a la entrada de la cueva  y con unos palos, intentó cerrar la entrada para que María y el Niño descansaran tranquilos. Cuando se asomó y miró de un lado para otro, su mirada vislumbró una figura de alguien que se acercaba, vacilante, hacia la cueva. Se preguntó quien sería esta persona a estas horas. Por supuesto que si viene a adorar al Niño, no se lo voy a permitir. María está cansada y el Niño ya duerme.
La figura fue avanzando lentamente. Era una mujer, vestida de negro, una anciana encorvada por el peso de los años. La figura seguía avanzando. Cuando ya estaba cerca de la cueva, José se asustó. Era una anciana con el rostro arrugadísimo, los cabellos largos y blanquísimos, la piel mortecina y pálida, cenicientas. Sus ojos -¡Dios mío, sus ojos!- brillaban como un ascua de fuego en las cuencas negras y hundidas. Iba tan encorvada que casi su cabeza rozaba el suelo. S. José se asustó. Pero lo más que le preocupó es que llevaba un rebozo deshecho y polvoriento que le cubría la cabeza, caía por la espalda, y llegaba hasta la cintura. Entre sus pliegues, escondía sus manos sosteniendo un objeto. Eso es lo que le espantó a José. ¿Llevará algún objeto para dañar al Niño? Ah, no. No lo iba a permitir.
Se puso frente a la boca de la cueva y le dijo, como excusándose: -Señora, ya es muy tarde, mi esposa descansa y el Niñito duerme. No puede pasar. Regrese mañana. La anciana no se movía del lugar. En esto se escuchó la voz de María que decía: -José, déjala pasar. José no se atrevía y dudaba pero, los deseos de su esposa eran preceptos para él. La dejó pasar. Pero, por si acaso, mientras la anciana avanzaba al fondo de la cueva, José, tomó un bastón que habían dejado los pastores y se puso detrás de la anciana, expectante. Además, Dios sabe qué lleva escondido entre sus manos tapadas entre los pliegues del rebozo.

¡Nos ha Nacido  Dios!
¡Alegrémonos!

La anciana llegó hasta donde estaba el Niño acomodado entre las pajas del pesebre. María sonrió a la anciana. En esto, la anciana fue desenvolviendo el rebozo, lentamente. José estaba en ascuas y apretaba fuertemente le bastón. Al final, en las manos macilentas, temblorosas y arrugadísima, mostró al Niño una manzana. Pero una manzana mordida en una parte y la depositó, cuidadosamente, sobre las pajas del pesebre cerca del Niño. Este tomó la manzana, le echó la bendición…y la manzana recobró todo su lozanía y frescura desapareciendo la mordedura. De la mejilla cenicienta de la anciana, se deslizó una lágrima que se quedó suspendida entre las pajas como una perla reluciente. ¡Era Eva, la primera mujer que en el Paraíso terrenal, mordió la manzana y por su acción de desobediencia ingresó el pecado en el mundo! Ahora sus ojos milenarios habían visto al Redentor y, por fin, la culpa quedaba perdonada.
La anciana, lentamente, sin darle la espalda, se retiró. Salió a la boca de la cueva y, cansinamente, reanudó el camino. Su figura encorvada se fue empequeñeciendo, empequeñeciendo hasta perderse en la lejanía cuando en el azul del cielo comenzaba a tachonarse de estrellas.

viernes, 28 de octubre de 2011

La Orca asesina.

Unos pescadores se echaron con su barca a la mar para pescar. Era el atardecer de un día de verano. Las nubes se teñían de rojo heridas por los puñales de los rayos del sol que se ocultaba lentamente hacia el horizonte. En el momento del trayecto se encontraron con un espectáculo maravilloso. A unos cuantos metros, el mar parecía hervir. Miles de peces buscaban afanosos el cardume jugueteando en la superficie del agua salpicando de oro y plata las olas tranquilas del mar. Cientos de gaviotas revoloteaban chillando. Pararon la barca, admirados de aquel espectáculo inaudito y maravilloso. En eso, vieron como dos delfines jóvenes, comenzaron a cruzar en majestuosos saltos las olas con una elegancia y perfección increíble. Se sumergían rítmicamente y volvían a aparecer como dos acróbatas sincronizados. Era como un espectáculo circense: elegantes, finos, plateados, juguetones, magníficos y bellos. Uno de ellos salió del agua disparado como una flecha hacia el cielo. Fue subiendo y subiendo airoso casi unos diez o quince metros y dando un quiebro, raudo como una flecha se zambulló  olímpicamente en el mar azul. Y así una y otra vez.
En estos juegos estaban cuando no se percataron que muy cerca donde se entretenían los delfines aparecía una masa negra que salía a flor de agua  parecida a una roca y volvió a sumergirse sigilosamente. El delfín, retozando feliz,  volvió a remontar  hacia el cielo. Al llegar a la altura límite, en el momento de realizar el giro y zambullirse en el agua, la masa negra informe volvió a emerger más y más por encima del agua hasta formar como un peña. Los pescadores, exclamaron: ¡La Orca, la temida ballena asesina! El delfín se precipitó hacia abajo y vio la masa de la Orca que le esperaba debajo y que por la velocidad, se le aparecía cada vez más grande, más  grande, más grande… ya no pudo evitar el impacto por más que intentaba evitar el choque mortal. Cayó aparatosamente sobre el lomo de la ballena. El ruido espantó las gaviotas que revoloteaban. Se había quebrado el espinazo… había muerto…  y se deslizaba fláccidamente por el lomo azul oscuro del cetáceo hasta el agua con la cola aún visible. Los pescadores, impresionados aún por el suceso, mudos, vieron como, poco a poco, la masa negra asesina fue sumergiéndose y arrastrando al pobre delfín en las profundidades tenebrosas del mar. La cola, como una bandera de luto, también desapareció para siempre.

Saludos amigos.
Me dolió en el alma ante la trágica, absurda y desgarrada noticia de los 6 cristianos quemados vivos por exaltados mahometanos fanáticos en Gojra zona central de Pakistán. Está escrito que los cristianos seríamos triturados. El bien, lo bueno, lo justo, la belleza y elegancia, como el delfín, no se aprecia. Al contrario. En varias partes del mundo van surgiendo horribles orcas asesinas como adalides emisarios de Satán, no tengo que hacer más comentarios. Amigos reflexionen y recen.